14/2/09

Episodio IV: “Amanece, que no es poco”


(en donde, en el transcurso de una típica mañana familiar, Carla no tiene más remedio que enfrentar a Sebastián, el abuelo Strómboli permanece neutral, el Cachafaz libra una lucha denodada pero infructuosa para que se reconozcan sus derechos al libre tránsito doméstico y comienza a sospecharse que esta familia está meada por los perros)


Amanece sobre la residencia Pérez Strómboli. No creemos necesario aclarar que también está amaneciendo sobre el resto de la ciudad. En caso contrario estaríamos induciendo al lector desprevenido a pensar que ésta es una historia fantástica o de ciencia ficción, o, peor aún, estaríamos dejando caer la sospecha de que en esta ciudad, todavía, ocurren milagros.
Amanece, pues, democráticamente, sobre ricos y pobres, sobre justos y pecadores, sobre hinchas de Boca y de Ríver, sobre los de Rácing no sabemos, ya que de éstos sólo tenemos noticias en caso de campeonato ganado, cosa que no ocurre muy a menudo ni aún en cuentos como éste.
Resumen de la situación: papá y mamá están durmiendo a pierna suelta después de una fogosa noche en donde se permitieron treinta minutos de regodeo triple x codificado. Los varones mayores palmaron frente al televisor del living. La nena, Carla, ha tenido un encuentro romántico en el shopping con el mejor amigo de su novio el Seba. El abuelo Strómboli y el Cachafaz, después de haber entonado a dúo, para vergüenza y escarnio de Carla, “Satisfaction” y otros hits de los Stones en pleno Music Center, duermen como dos benditos: a cada ronquido del abuelo el Cachafaz corresponde con un simpático meneo de rabo. El menorcito, Emanuel, se acaba de levantar para hacer pis.
Suena el despertador de papá y mamá. Suena el despertador de Carla. Suena el despertador del abuelo Strómboli, que piensa: sonamos. El Cachafaz, de un salto, llega hasta la puerta y comienza a rascarla con una urgencia que no deja lugar a dudas. El abuelo le abre. El Cachafaz sale disparado en dirección al living, pasa por entre las piernas de mamá, que trastabilla y trata inútilmente de mantener el equilibrio agarrándose de la mesita con el jarrón azul. Por un momento duda entre salvar el jarrón y atender el teléfono que justo en ese momento comienza a sonar, del jarrón ya está harta, así que atiende la llamada, es el Seba que, con voz estrangulada, pide hablar con Carla, Pero Carlita está todavía en la cama, Sebastián, dice mamá, Entonces voy para allá, dice el desdichado, y cuelga. Mamá va hasta la puerta de salida con intenciones de abrirle al Cachafaz, que está dele y dele rascar con las patitas, pero en ese momento se escucha un grito: es Emanuel que acaba de pisar un fragmento del jarrón. Mamá corre a atender a Emanuel, no es nada, mamita, no es nada. Mamá, dice Carla, si llama Seba decile que no estoy, Pero Seba viene para acá, nena. Me quiero morir, dice Carla, y se encierra en el baño. Papá se levanta. Carla, salí del baño que es tarde. Usá el de arriba, papá. Arriba está tapado el inodoro, nena, salí. Ufa. Se despiertan los dos varones que están en el living. Lautaro se pone una de las medias de Dante, Dante se la pide de muy malas maneras, Lautaro entonces le tira las medias a la cara. Una le da en la frente y la otra pasa por encima de la cabeza del enemigo para caer justo entre las fauces del Cachafaz, quien a pesar de que se está haciendo encima no puede resistir la tentación de dedicarse a su pasatiempo favorito: agarrame si podés. Con un grito tarzanesco, Dante y Lautaro comienzan la persecución, la cual incluye animadas circunvoluciones alrededor de la cama del abuelo Strómboli, quien se ha tapado hasta las orejas decidido a permanecer neutral caiga quien caiga y le pese a quien le pese.
Suena el timbre. Mamá, con Emanuel a upa, intenta embocar el chorro de leche en la lechera. El sachet, como animado de vida propia, insiste en expeler su contenido hacia cualquier otro lugar. Suena el timbre otra vez. Carla, atendé, que debe ser tu novio, yo no sé qué le pasa a este chico, venir a estas horas.
Papá, que acaba de salir del baño recién afeitado, perfumado y acicalado, se dirige inocentemente a la puerta de calle. Carla sale aullando de su habitación: no abras, papá, no abras. En el living, Dante y Lautaro han conseguido reducir al Cachafaz, quien, privado de su entretenimiento, vuelve a sentir la presión inmisericorde de su vejiga y trata de meter el hocico por la hendija de la puerta que se está entreabriendo apenas, como resultas del forcejeo entre papá y Carla, que preferiría estar muerta antes que enfrentar a Sebastián con los pelos hechos un desastre, para no hablar de su conciencia, que tener, la tiene. Cachafaz está a punto de escurrirse por la abertura cuando siente que dos manos lo levantan en vilo: es Emanuel, ya curado de la pupa en el pie, que se lo lleva hasta el sillón para hacerle cosquillas. Allá va el Cachafaz, panza arriba, la mirada clavada, ya sin esperanzas, en la puerta que acaba de abrirse y cerrarse con un golpe seco. Sebastián entra y mira fijamente a Carla. Carla hace un puchero, dice: me quiero morir y huye, seguida del compungido Sebastián.
Cachafaz logra liberarse de Emanuel y corre hacia su última posibilidad: la puerta de la cocina. Allí comienza a dar saltos de más de medio metro, cuya única finalidad es llamar la atención de mamá. El espectáculo surte efecto. Mamá sonríe y va hacia la puerta, pobrecito Cachafaz, ya te abro. En ese momento, obedeciendo a férreas leyes físicas, la leche llega a su punto de ebullición y se derrama como lava blanca sobre la cocina. Mamá se traga una palabrota, suelta el picaporte que había comenzado a accionar y vuelve para remediar el desastre. El Cachafaz intuye que todo está perdido.
- Vengan a desayunar – canturrea mamá, para quien este momento es el más importante del día, toda la familia reunida, el sol entrando a raudales por el ventanal, besos en la frente, cálidas sonrisas, el aroma del café, las...
- ...menaza de guerra atómica! La grave crisis desatada a partir de la invasión china a...
- ...¿dónde está la corbata amarilla?
- ¡Sebastián!¡Volvé, por favor!
- ¡Mamáaaa! ¡Lautaro no me quiere devolver el compás que le presté ayer!
- ...uatro a cero. Los dirigentes del club han dejado trascender que...
- ¿¡Dónde están las putas llaves del auto!?
- Mami, no quiero ir al jardín...
- ¡Seba, yo no soy propiedad de nadie! ¡Ni se te ocurra seguirme!
Portazo
- Querida, me llevo a Emanuel, esta noche llego tarde. Tengo reunión.
Portazo.
- Mamá, nos vamos...Salí, boludo, mamá, mirá a Dante...!
Portazo.
Silencio.
Mamá va hasta el living y apaga el televisor. Después, a solas en la cocina, se toma un café ya tibio. Vuelca un poco de azúcar sobre la mesa de fórmica y traza algunos jeroglíficos con el dedo.
En la puerta de su habitación, el abuelo Strómboli se rasca la panza. Va hasta el living y comprueba con satisfacción que ya no hay moros en la costa. Huele el aroma del café y comienza a seguirlo hasta sus fuentes. En el camino su mirada tropieza con la del Cachafaz, que está inmóvil en el centro del living. Es una mirada fija, vidriosa, culpable, húmeda.
- Y a vos qué te pasa, bicharraco – pregunta en voz baja un segundo antes de ver cómo el charco va ganando terreno, una mancha oscura que crece y crece sobre la alfombra beige de pelo largo, regalo de casamiento de los padrinos de la nena.

Continuará

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